lunes, 1 de marzo de 2021

Genocidio: crónica y ficción

 



Así comienza la novela (en proceso de producción)

El bosquejo de país que se abría al mundo platense había ya obtenido su carta de organización en 1830.

El Brigadier General Don Fructuoso Rivera había asumido, el 6 de noviembre de ese mismo año la Presidencia de lo que aspiraba ser una república.

La nación era, por ese entonces, la suma de muchas gentes de orígenes e historias diferentes: criollos, algunos viejos españoles ya casi al final de su vida, mulatos, negros esclavos, gente venida de allende las fronteras con el Imperio del Brasil, algunos porteños, y lo que quedaba de algunos pueblos originarios de estas tierras, antiguos y vastos campos dejados en suerte al libre albedrío.



Capítulo primero

 

 

-       La pucha que resultó falluto el amigo Frutos!

 

Así, se lamentaba a manera de reflexión, el viejo soldado de piel broncínea, barba incipiente, como desflecada a nivel del mentón, y pelo entrecano que, desordenado, le caía sobre los hombros.

Mientras armaba un cigarro miraba a los lejos, a través del fuego que iluminaba la noche, y veía más fuegos también lejanos, allá donde en otros tiempos la palabra y la mano extendida habían tenido, para él, un valioso significado.

Un galgo añoso y negro, de esqueleto algo visible, custodiaba el fogón y cruzaba, de rato en rato, alguna mirada inexplicable con el viejo.

Había peleado en muchas batallas, robado caballadas y limpiado y preparado las armas antes, y ahora la historia le pasaba el peor de los estados de cuenta,

Su pueblo había sido arrasado en las cercanías del arroyo Salsipuedes, hacia como cuatro días.

Bajo la fría intemperie, el aguardiente de caña había comenzado a surtir efectos. Primero, calentando la sangre, y luego operando sobre los recuerdos, rescatando algunas de las escenas que le habían sido relatadas en las últimas horas por el negro Julián, un esclavo que andaba errante por la campaña sin acatar las órdenes de la milicia.

Cuentan que Rivera le dijo a Venado, su cacique amigo, que le prestara el cuchillo para picar tabaco, y que al verlo desarmado lo mató de un tiro con su pistola, y que de ahí en más comenzó la masacre de los indios que habían sido citados a Salsipuedes.

La mañana recién comenzaba y la floresta del entorno del arroyo Salsipuedes estaba poco poblada de aves que pudieran romper con su canto el silencio reinante.

Un grupo de soldados trataba de ordenar un montón de cadáveres de los indígenas muertos en la jornada anterior, mientras otro mantenía a la caballada de la tropa reunida cerca de unos arbustos.

Un joven oficial de aspecto no muy presentable y de uniforme algo raído, se aprestaba a ensillar su lobuno al tiempo que se acomodaba el sable en la cintura.

Como a una cuadra, unos diez soldados y algunos paisanos, rodeaban a un grupo de mujeres y niños que aullaban a coro, semidesnudos y que pronto serían ordenados para ser conducidos todos juntos con destino desconocido.

Los llantos de los menores se entreveraban, de un modo casi dramático, con las risas de la tropa que les gastaba algunas bromas. Varios soldados ya iban en busca de sus caballos y sus arreos cuando de repente aparece el jefe Don Frutos Rivera, que de improviso irrumpe, montado en su cabalgadura, en el desordenado y maloliente campamento.

Miró en derredor como haciendo un rápido inventario de lo sucedido y de los restos, producto de la celada en la noche anterior, y se dirigió con tono marcial a un cabo que ensillaba cabizbajo como en actitud de respeto.

Rodrígues dijo, que toda la gente reunida marche a pie, gurises y la indiada más vieja en las dos carretas, y la tropa montada a su costado. Cuide que haya orden en la partida.

-       Sí, mi General, respondió Rodrígues, respetuosamente.

 

Rivera, sin desensillar, volvió a recorrer el escenario con la mirada y salió al trote corto. Cerca lo esperaba una escolta formada por cuatro soldados.

 

El General vestía de paisano, sin los atributos militares de su jerarquía, con un poncho marrón debajo del cual se veía un pantalón azul y botas largas, agregaba en la cabeza un sombrero negro de ala ancha.

 

El paisano amigo de los charrúas a quienes había reclutado y comandado en varias batallas. Con los cuales había guerreado por la independencia y peleado en las Misiones.

La amistad con los principales caciques le había servido para sujetar a una parte de la población indígena manteniéndola ocupada en la guerra.

Pasada la época de las luchas, la indiada se había desbandado, y sin atención, librados a su sobrevivencia, habíanse constituido en peligro para los estancieros que extendían sin mensura y sin control, la superficie de sus propiedades en la campaña.

El amigo Frutos aprovecharía de esa amistad para llevar a los principales jefes charrúas hasta el encierro próximo al río Queguay donde se consumaría el bárbaro acto.


No hay comentarios:

Publicar un comentario