El café de las golondrinas

 

¡Sí! Era siempre por estos días indecisos, mezcla de llovizna, tibio sol y hojas danzantes, cuando las puertas casi austeras del Sorocabana, nos veían pasar. Adolescentes liceales, la penumbra de aquel recinto, nos intimidaba algo, como una especie de Catedral de sacerdotes eruditos, y que nuestra presencia bulliciosa, profanaba un ritual sagrado.
Sin embargo, de a poco, aquél espacio monacal, en los veranos ardientes, y a pesar del suave aroma del café, nos invitaba, poco a poco, a usurpar las venerables mesas de mármol, la trama de maderas, mármol y antiguos espejos, a buscar refugio, en la insólita frescura, para tomar algunas cervezas.
De a poco, nos fuimos acostumbrando a compartir ese espacio, con los mayores, y ellos, desconfiados, solo con miradas reprobatorias, nos obligaron, a aceptar las leyes no escritas que regían aquél recinto: hablar en voz baja, no discutir, no alborotar, e ir derivando nuestras charlas a temas algo menos mundanos que novias, chismes y cotilleos absurdamente fuera de ese espacio, ese tiempo, y esas compañías venerables.
También aceptamos – y adoptamos – las golondrinas tenaces, que a fines de septiembre, llegaban con cándida inocencia, a anidar, algo alejadas de las puertas de vaivén, después de revolotear por encima de las mesas y los parroquianos, para saber si todo estaba en el orden que su instinto les dictaba.
Era una época feliz, y – quizá y sin quizás – el centro más pacíficamente democrático de Durazno.
Desde luego, había algún altercado, de cuando en cuando, pero nunca llegaba la sangre al río.
Los personajes que allí se daban cita, eran, casi todos, los más ingeniosos, lo mejor de una época dorada de la cultura popular de Durazno.
Por allí anduvo Orlando Aldama, negociando la reposición de una obra que se había interrumpido en Buenos Aires, por un fracasado intento de sustituirla por una Comedia Musical de Luis Sandrini.
Allí se acordó el regreso de Orlando a Buenos Aires, para reponer “El Diablo andaba en los Choclos” o “Cuando los Duendes cazan perdices” no recuerdo ahora la obra.
Cuando el 27 de junio de 1973, se produjo el Golpe de Estado en nuestro país, y se prohibió usar ese término para designar lo sucedido, Carlos María Gutiérrez, un más que delgado, pero fino humorista de las tertulias del café de sobremesa, apareció en las puertas con un palillo de ropa cerrándole la boca, se sentó en silencio en su habitual y concurrida mesa de café, alguien le preguntó el porqué de esa extraña actitud, se desprendió el palillo y en tono solemne declaró – para sus amigos y todos los presentes – “ ¡ Para no ir preso por decir que estamos en una Dictadura!” –
Era tan democrático el ámbito de discusión, que el Coronel Parallada, cuando el histórico plebiscito del SI, para continuar el régimen dictatorial, y el NO, para rechazarlo, cuando el NO triunfó, Bechara El Helou, lo esperó, satisfecho para regodearse con SU triunfo, le espetó, en su particular lenguaje: -“No la va a decir que hay novechento mil topamarus en el país?”-
Parallada, un militar caballeroso, le contestó, flemáticamente: -“ ¡Pero Bechara.. por favor… todos sabemos que la propaganda por el NO, salió de una celda del Penal de Libertad…ingeniada por un sedicioso recluido…!
Y Bechara, que no tenía pelos en la lengua, le respondió como si fuera una lección largamente meditada retrucó: -“ Antonce…le que tienen que hacer es, ponerle imediatamente en libertad…nombrarle Comandante en Jefe…y ustede suicidarse en masa…¡por inútile!”-
Y, todo esto viene a cuento, porque hace unos pocos días, las bandadas de golondrinas se apretujaban en los alambrados y en los cables, para volver a su viaje de eternas primaveras y veranos.
Y allí, en ese rinconcito de frescura, en su residencia de cada año, ni habrán llegado las golondrinas, ni se despedirán con su aleteo de acrobacia, del perfume del café, del humo de los cigarros, y de esas historias – creo que nunca mejor dicho – escuchadas a vuelo de pájaro. 


Ricardo Berrutti

Publicado en El Acontecer diario el 11 de mayo de 2014

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