Existen círculos de periodistas, críticos y siete oficios varios que, abroquelados detrás de un sello, que puede ser una publicación con cierta solvencia moral, actual o pasada, una revista o simplemente una barra de café que se reúne en algún lugar distintivo de la cultura citadina, que tienen o creen tener una misión profética y señalar qué cosas son bienvenidas y cuáles no.
Estas élites creen ser las dueñas de verdades y de interpretaciones intelectuales a las cuales aspiran a tener a todos los creadores y artistas sujetos.
El principio de modestia no existe a nivel de ciertos popes cuyo “magisterio” solo es aplaudido al interior de dichos grupos.
Para quien quiera difundir su obra, las murallas de la ciudad capital siguen en pie, como hace más de dos siglos.
Difícil es traspasar sus muros con la inocente idea de mostrar una pintura, un grabado o un libro con el esfuerzo que para casi todos suponen.
Entonces estamos mal.
Los intelectuales y como decía un viejo profesor de plástica allá en Durazno, “las peluconas”, en referencia a las señoras de chaqueta de piel que engalanaban los vernissages aunque no entendieran nada de arte, son los que definen la suerte de muchos sin escucharlos, verlos o leerlos siquiera.
Una auténtica maquinaria concebida para seguir ignorando a miles de creadores del interior del país.
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