jueves, 27 de mayo de 2021

EL ESTADIO DEL BARRIO




La cancha de Juvenil

Mis primeros años los recuerdo en una casa en la esquina de Treinta y Tres y Eusebio Piriz, con la entrada por esta última.El barrio del molino.

Enfrente el almacén y bar de los hermanos Estellano y sus singulares y pintorescos habitués.
A los fondos de mi casa un gran terreno abierto, casi baldío, y en la otra esquina las caballerizas del viejo molino de Filippini.
En la otra cuadra la cancha del Centro Sportivo Unión Juvenil *, los queridos “lagartijas”, institución fundada el 26 de mayo de 1911.
En realidad, esa cancha era el Estadio “Enrique Demarco” y fue el único hasta la inauguración del Estadio en el Campus Municipal en 1952 (hoy denominado Silvestre Octavio Landoni)
Una larga tribuna ocupaba el lateral del campo de juego, de espaldas a la calle Eusebio Piriz y la boletería, junto al portón de acceso, en la esquina con calle Basilio Muñoz.
Por los años 60 el estadio de Juvenil era también escenario de la liga local.
Los fines de semana el barrio era una fiesta, cuando el fútbol llegaba.
El público asistía masivamente y recuerdo el fragante perfume de las tangerinas, que por abril se vendían en las afueras de la cancha y en las cuadras aledañas.
Recuerdo el local sede en 18 de Julio casi Zorrilla, pegado al bar de Menotti Scala.
Años después me mudé unas cuadras más arriba por Piriz, y fui vecino de Juan Balbi que orientaba al Club Lagartijas de baby fútbol con los mismos colores blanco y verde que el decano.
La selección roja tuvo a la cancha de Juvenil como escenario en numerosas ocasiones.
Todavía escucho en mi memoria el grito del barrio: Juvenil nomá!


* La manzana que ocupaba este escenario deportivo estaba limitada por las, en ese entonces, calles 25 de Mayo (hoy Eusebio Piriz), Canelones (Basilio Muñoz), Soriano (Andrés Latorre) e Ibiray (Wilson Ferreira)


PROVISIONES


Se me vienen varios nombres a la cabeza mezclados con imágenes y recuerdos.

Y recuerdo la provisión de Sebastián Mondino, el almacén de los Scaffo, lo de Celso e Ivón González, el comercio de los Giordano, la provisión San Juan de González Buonomo, antes cuando yo era más chico lo de Graniello, luego Cataldi y Berrutti, entre otros. Agreguemos los almacenes de barrio, más humildes pero cálidos y entrañables en nuestra memoria.

Me detengo en la esquina de 18 de Julio y Zorrilla, en lo de Graniello como se le seguía llamando cuando ya había cambiado de dueños, guiado mi recuerdo infantil, todavía intacto, por los aromas del café recién molido, o por los grandes bollones de vidrio repletos de caramelos, colocados, para nuestra tentación, muy cerca de la puerta de entrada.
Cuando llegaba la época de la Navidad detenerme en los productos importados y sus coloridos envases provenientes del Viejo Mundo, chocolates, panes dulces y budines, aceitunas, nueces y otros frutos secos y los espumantes.
Llegar hasta esa esquina era primero, una aventura cuando ya andaba solo por las calles y luego la aventura consistía en recorrer con la vista las estanterías, claro que sin comprar nada hasta que Berrutti te decía: “Va a llevar algo, chico?”
Historias de un Durazno que se fue pero que sigue colgado en la memoria.

EL PLATA, El DIARIO DE LA NOCHE....DIAAARIOOO!


A la nochecita en la Estación Durazno la llegada del ferrocarril generaba un bullicio especial en el ambiente.
El servicio que había partido de Central a media tarde, arribaba a su destino próximo a las nueve de la noche.

Entre pasajeros y equipajes, unos descendían con la mirada puesta en el andén por el esperado recibimiento, mientras los otros eran cargados en una carretilla.
Entre los bultos venían los diarios que, publicados en la tarde montevideana, serían leídos por acá a la noche: El Plata y El Diario.
En esa época, por los años 60, la prensa escrita era muy leída y la televisión no tenía todavía una difusión masiva.
Rápidamente los paquetes eran abiertos y los “canilludos” entregaban los ejemplares que cada canillita (diariero) llevaría, en reparto a domicilio, a los habitués de estas publicaciones.
El canilludo era algo así como el representante y distribuidor de los diarios y los canillas los vendedores-repartidores.
La movida en la estación duraba unos minutos hasta que se dispersaban los diarieros, rumbo a la ciudad, voceando su mercancía.
Al otro día, a la mañana, se reiteraría con las ediciones matutinas que saldrían desde la capital en horas de la madrugada.
Recuerdo que en mi casa se compraba El Plata, que traía unas lindísimas historietas, y que el diariero era el “Beto” Flores.

Barquitos de papel



A la salida del sol la lluvia ya había cesado, luego de haber caído toda la noche sobre los humildes y castigados techos de chapa.

Quedaban ahora los charcos alrededor de las casas.
La calle ya era toda como un espejo de agua. La creciente estaba ahí.
Mientras los gurises iban saliendo, de a uno, por detrás de la cortina que cerraba la abertura donde antes había existido una puerta, el barrio se desperezaba.
Cruzando la portera que daba al borde de la calzada, varias piecitos de la chiquilinada se habían metido, hasta el tobillo, entre el barro y el agua, y sus manitos iban poniendo, de a uno, barquitos de papel de diario y de estraza en la correntada.
Uno de los gurises, de motitas apretadas y tez color café, había largado en la creciente su embarcación con la esperanza que trajera, a su regreso, los juguetes que los Magos de Oriente no habían podido dejarle en la noche de Reyes.
Otro había puesto unas florecillas amarillas porque pensaba que en lo más profundo del río, allá muy lejos, su abuelita, que los había dejado hacía unos meses, las iba a recoger.
Pero, Mariela, esperaba sentada en la orilla de la calle, despeinada y con los pies mojados, bostezando de tanto en tanto, a que retornara su barquito, el de la creciente anterior, quizás con noticias de su padre que se había ido a la capital a buscar laburo, para dar sustento a sus ocho hermanos, y desde el verano pasado no se sabía nada de él.
Aseguraba que la esperanza es al menos lo último que se pierde.
El sol subía mientras el improvisado embarcadero adquiría cada vez más febril actividad. A los fondos se empezaba con los aprestos de otra inminente evacuación y se amontonaban colchones, algunas ropas de abrigo, mesas, sillas y algún que otro desvencijado mueble.
El camión no tardaría en llegar.
A los lejos una nueva tormenta amenazaba mientras los gallos cantaban por las dudas o por si acaso.
Carlos Fariello

martes, 11 de mayo de 2021

Una pésima historia



Dentro de algunos años contaremos a nuestros jóvenes, entre ellos probablemente nuestros nietos, sobre estos años que estamos transcurriendo.

La historia registra guerras de cien años y otras, también décadas infames y años terribles.

Seguramente contaremos sobre cómo un ente vivo, como lo es un virus, nos desacomodó nuestra sencilla y confortable existencia.

Sobre cómo nos fue encerrando y alejando de los afectos, complicándonos la subsistencia y acercándonos, día a día, a un ejercicio de contabilidad de seres queridos y amigos que se morían. Se morían en una soledad absoluta sin manos que los soltaran ni voces que les dieran el último adiós.

Mientras esta tragedia recorría el país, en otras esferas se tomaban decisiones por parte de algunos con la flojera de los incapaces y la frialdad de los insensibles.

Mientras cada uno hacía lo que podía para salvarse había algunos compatriotas que estaban con su cabeza en otros egoístas proyectos, sólo para ellos.

Dentro de algunos años contaremos y escribiremos sobre lo que nos tocó vivir. De cómo llevamos una mochila diaria repleta de incertidumbres, y de cómo nos carcomía la desesperanza.

Por suerte hubo solidaridades por doquier aunque nunca son suficientes.

Por suerte hubo ollas y platos de comida para miles cuando nadie pensó en llegar a eso, pero allí estuvieron a pesar de las críticas.

Diremos que ocurrió lo mismo en todo el mundo, pero que nosotros tuvimos nuestra pésima historia, ni más ni menos dolorosa que otras, y donde los mea culpa debieron entonces estar a la altura de las tristes circunstancias, y ser más explícitos.

lunes, 10 de mayo de 2021

Recuerdos del futuro


 

Las élites culturales y la máquina de ignorar

Existen círculos de periodistas, críticos y siete oficios varios que, abroquelados detrás de un sello, que puede ser una publicación con cierta solvencia moral, actual o pasada, una revista o simplemente una barra de café que se reúne en algún lugar distintivo de la cultura citadina, que tienen o creen tener una misión profética y señalar qué cosas son bienvenidas y cuáles no.

Estas élites creen ser las dueñas de verdades y de interpretaciones intelectuales a las cuales aspiran a tener a todos los creadores y artistas sujetos.
El principio de modestia no existe a nivel de ciertos popes cuyo “magisterio” solo es aplaudido al interior de dichos grupos.
Para quien quiera difundir su obra, las murallas de la ciudad capital siguen en pie, como hace más de dos siglos.
Difícil es traspasar sus muros con la inocente idea de mostrar una pintura, un grabado o un libro con el esfuerzo que para casi todos suponen.
Entonces estamos mal.
Los intelectuales y como decía un viejo profesor de plástica allá en Durazno, “las peluconas”, en referencia a las señoras de chaqueta de piel que engalanaban los vernissages aunque no entendieran nada de arte, son los que definen la suerte de muchos sin escucharlos, verlos o leerlos siquiera.
Una auténtica maquinaria concebida para seguir ignorando a miles de creadores del interior del país.