El interior vivió́, como todo el mundo, los avatares de la última contienda mundial que produjo coletazos en la sociedad uruguaya, y que también en ciudades y pueblos se vivieron diferentes episodios, algunos incluso dramáticos como la asonada fascista en Durazno, del 29 de junio de 1941.
Este hecho, que se dio en el marco de una actividad organizada por un núcleo de inmigrantes y sus descendientes, de origen italiano, y que publicitaba un almuerzo para recaudar fondos para la Cruz Roja Italiana, en realidad fue un acto de adhesión al régimen musoliniano con el cual simpatizaban muchos de aquellos extranjeros y sus familias.
Lo dramático, además del enfrentamiento entre duraznenses, desde los días anteriores al 29 de junio, estuvo dado por el saldo de un ciudadano inocente muerto y varios heridos, más los disturbios que se sucedieron en los días siguientes y que escapan al alcance de esta crónica.
Cuando se declara la II Guerra Mundial las familias judías establecidas en Durazno no llegaban a una decena, llegadas por el año 1934.
Hay varios testimonios recogidos, ya pasadas
varias décadas después de sucedidos, de hechos donde algunos ciudadanos se
arrogaron el derecho de señalar a otros por ser diferentes en claras actitudes
de intolerancia y discriminación.
Nos referiremos a como los inmigrantes de origen judío vivieron esos complejos años en una ciudad de apariencia tranquila y pacífica.
El clima que se vivía en el país llevaba a la preocupación de los integrantes de esta colectividad y a cierta minimización de su importancia por parte de las autoridades.
“El antisemitismo también tuvo sus representantes en nuestro país y la propaganda antijudía no se limitó́ a quedar escrita en la prensa, sino que existieron varios grupos políticos dispuestos a concretar verdaderos pogromos ...”
Las manifestaciones antisemitas no se
expresaron sólo en los diarios “La Tribuna Popular” o “El Debate”. Existieron
leyendas en las paredes (“el judío es más dañino que la sandía con vino”),
volantes que se hacían circular entre la población alertando de la inmigración
(“¿El Uruguay, futuro Estado judío?”) y publicaciones de listas de comerciantes
judíos junto a advertencias del tipo “No compre a judíos”.1
Ya antes del inicio de la guerra y bajo el gobierno de Gabriel Terra, hubo presencia de un núcleo nazi en la localidad de Rincón del Bonete.
“En el año 1937, en la escuela rural No.
56 de Rincón del Bonete, en el departamento de Durazno, donde los alemanes
estaban construyendo una presa hidroeléctrica sobre el Rio Negro, izan junto a
la bandera uruguaya, la bandera nazi con la esvástica. Esta escuela funcionaba
en la mañana con 35 alumnos alemanes y en la tarde con alumnos uruguayos.
Un ingeniero alemán de apellido
Schmidtlein estaba a cargo de las actividades del Partido Nacional Socialista
en Rincón del Bonete. Una investigación parlamentaria en 1940 pudo comprobar la
existencia de actividad prosélito nazi en el lugar.”2
Los judíos que vivían en Durazno se
dedicaban a diferentes actividades dentro del ramo del comercio e incluso los había
que ejercían trabajos más artesanales como la confección de prendas de vestir, tintorería
y arreglos de calzado.
En una zapatería de propiedad de un
inmigrante rumano de apellido Mendelsohn se dieron algunos episodios de
antisemitismo. Se le increpaba al comerciante por su origen por parte de
ciudadanos que mostraban simpatías por el nazismo, e incluso por parte de
algunos inmigrantes españoles que habían sentido beneplácito por el dictador ibérico.
Un día, una pared del comercio, ubicado
en la zona céntrica de la ciudad, en la esquina de 18 de Julio y Penza, amaneció́
pintada con alquitrán con la frase “No le compren al judío”.3
El sentido común y la caballerosidad de Mendelsohn para con el público le permitió́ superar estos desagradables momentos y seguir adelante con su actividad comercial.
También hubieron, otros inmigrantes de
esta colectividad de los cuales se conocían sus observancias de las reglas
religiosas, cerrando sus comercios en las fechas del calendario judío, que eran
objeto de burlas y de insultos a la puerta de sus lugares de trabajo, como es
el caso del tintorero judío ubicado en 18 de Julio al 587.
En los juegos de niños incluso, se llegó́
a ridiculizar a los varones por haber sido circuncidados a poco de nacer, como
es la tradición.
Hay un testimonio de algunas mujeres, hijas de familias judías, que concurrieron a la misma escuela pública, y que, en ese entonces, a la hora del recreo, en el patio de la institución, eran rodeadas por otras y recibían lo que hoy denominamos bulliyng.4
En esas situaciones las chicas no respondían a las provocaciones pues en sus familias les había inculcado normas claras de cómo actuar en esas situaciones sin magnificar el tema, luego en el seno del hogar.
En conversaciones, en diferentes ámbitos,
se hablaba del acierto de estos inmigrantes en sus actividades comerciales y también
en otras como sociales y deportivas, pero se dejaba caer, como si fueran
portadores de un estigma, la frase “pero, son judíos”.
No obstante ser Durazno una sociedad con
un alto sentido de la educación y de los valores humanos y universales, en ese periodo,
el enfrentamiento entre diversas formas de pensar y de vivir llevó a la sucesión
de episodios infelices como los narrados.
Una época oscura donde unos pocos ciudadanos cayeron en el desacierto de señalar con el dedo a otros semejantes.
1 Alpini, A. “Uruguay en la era del
Fascismo”, revista Relaciones, Montevideo
2 Fariello, C., Los judíos del Durazno,
Tierradentro ediciones, 2016, Montevideo, pagina 53.
3 Testimonio de Eduardo Mendelsohn
4 Testimonio recogido por el autor en conversaciones con descendientes de varias familias judías.

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